Nota sobre la crí­tica a la Brecha Digital

Tradicionalmente, el término “brecha digital” refiere a un hecho problematizado de forma particularmente simple: si el problema radica en la existencia de un espacio entre los que tienen acceso a la tecnologí­a y los que no, la solución debiera darse de manera natural al proveer de tecnologí­a a aquellos que no la tienen.Sin embargo, esta “solución” no sólo carece de evidentes contextualizaciones en su problematización, sino que además sitúa el problema de la denominada “brecha digital” en términos de tener o, al contrario, carecer de tecnologí­a. Pero ¿está en ese “tener” o “no tener” el verdadero problema de la “brecha digital”?

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Las voces crí­ticas a lo que se cree entender por “brecha digital” no son nuevas. Como bien afirma Eduardo Villanueva, en su artí­culo “Brecha Digital: descartando un término equí­voco”:

…es necesario indicar que la brecha digital es un término, no de un concepto. No ha sido formalizada, ni claramente definida, y suele ser usada de manera muy vaga, lo que permite una rica variedad de definiciones a la carrera, planteada según los intereses o sesgos de los que discuten el término.

Ahora bien, más que la simplificación de su problematización o de la vaguedad de algunas de sus utilizaciones (podemos encontrar que el término puede referir a una brecha en el acceso, brecha en usuarios, brecha en aprendizaje, etc.), me parece que la crí­tica más interesante es la que se hace al paradigma que defiende. Como nota Villanueva más adelante en su artí­culo:

…por otro lado, salvar la brecha se presenta como una ruta hacia no solo abundancia de información, sino también como una serie de oportunidades que podrí­an servir para corregir o desaparecer varias de las brechas preexistentes en una sociedad dada, resultando así­ en una solución estructural a muchos de los problemas del mundo en desarrollo.

He acá la ejemplificación de un término utilizado bajo el paradigma del desarrollo y el progreso. Más aún, como nota Amelia Bryne Potter en el artí­culo “Zones of Silence: a framework beyond the digital divide”, en él podemos descubrir la reafirmación moderna de: “the West knows best”.

La misma autora más adelante rebate esta idea:

Yet, digital divide work often assumes, one, that ICTs will be helpful, and two, that they will be used for educational, economic, and other “worthwhile” projects. As with the technology transfer programs of the past, the West’s ideas about technology’s usefulness and how it will be used, are not necessarily accurate (for example, see Dagron, 2001; Gunkel, 2003; Prahalad, 2005).

Efectivamente, podrí­amos afirmar que el hecho de tener la oportunidad de acceso a la tecnologí­a no significa que se acceda o, que al menos, se acceda o se den usos ”adecuados”, como algunas organizaciones esperarí­an.

La autora propone, entonces, la utilización de un nuevo término que no reemplace a la “brecha digital”, pero que lleve la atención a aspectos que esta última omite. Se trata del concepto “zonas de silencio” (zones of silence), que trata de escuchar lo que tienen que decir las personas que están afectadas por la “brecha digital”.

Es, en palabras gruesas, el intento de llevar el foco de generación de repuestas a la brecha digital a los “afectados” y terminar con el paternalismo de los paí­ses desarrollados de creer que su experiencia es valedera para todo el mundo.

Si bien el concepto “zonas de silencio” es peligroso porque se presta para interpretaciones equivocadas que clasifiquen a los afectados por la “brecha digital” como sin existencia, Bryne Potter aclara: “They are only silent to us“.

Con esta nueva conceptualización podemos plantear nuevas preguntas sobre proyectos que se enmarcan en la superación de la “brecha digital”. Por ejemplo, en el caso de “Salamanca Wifi“: ¿Cuáles son los canales de comunicación que tradicionalmente desarrollan los habitantes con su gobierno central? ¿Es Internet lo que verdaderamente pueda mejorar los canales de comunicación que antes tení­an?

Otra perspectiva muy interesante y que tampoco pretende reemplazar el término “brecha digital”, sino más bien, busca darle un nuevo sentido a su existencia, es la que plantea Ulises Mejí­as en el artí­culo “In Defense of the Digital Divide as Paralogy (v.1.0)”.

En este caso, el autor rescata la conceptualización de Lyotard y utiliza la “paralogí­a” como el movimiento que supera o contradice la razón. Es, parafraseando a Readings (1991), una resistencia creativa y productiva hacia los metarrelatos. Como describe Mejí­as citando a Gane (2003):

concerns itself with everything that cannot be resolved within the (capitalist) system. In so doing, this form of resistance works by disrupting the instrumental logic of the modern order, producing, for example, the unknown out of the known, dissensus out of consensus, and with this generating a space for micro-narratives that had previously been silenced (p.8).

En ese sentido, los afectados por la “brecha digital” son vistos no como ví­ctimas de un “mal” -clasificado así­ por el Occidente y los paí­ses desarrollados- sino como un movimiento de resistencia a metarrelatos totalizadores que buscan la comodificación de todos los tipos de conocimiento existentes en las comunidades de manera de integrarlos a la lógica capitalista.

This reframing is necessary because, currently, the digital divide is used in just the opposite way: to rationalize a model of progress and development where those aspects of our lives that are not technologized must become technologized, to the point where ubiquitous computing is normalized as the goal of innovation (and since technologizing and commodification are closely tied in capitalism, ubiquitous computing means ubiquitous commodification).

Ambas perspectivas presentadas en esta ocasión buscan no sólo una reconfiguración de lo que entendemos por “brecha digital”, sino además cuestionar la creencia que considera la implantación de tecnologí­a como una panacea que terminará con las injusticias sociales.

La tecnologí­a es sólo una de las formas para superar injusticias que, por lo demás, han estado desde antes de la invención y constante renovación de ella. En ese sentido, no podemos olvidar que la “bracha digital” es un sí­ntoma de una sociedad capitalista que necesita de la desigualdad para su existencia, y no necesariamente una causa de la situación.

Estas perspectivas no se pueden entender como una disculpa a la evidente brecha que existe entre los que tienen y no tienen acceso a las tecnologí­as. Lo que buscan, a grandes rasgos, es entender con una perspectiva crí­tica que se necesita la integración verdadera de la comunidad en los planes para la superación de la brecha; además de comprender los reales alcances de las tecnologí­as para la cultura de una comunidad.

En Chile, la necesidad de una nueva forma de afrontar el problema de la brecha es evidente. No olvidemos que en la actualidad, existen indicadores que demuestran que, a pesar de la alta penetración de computadores e Internet, la mitad de los chilenos se sienten fuera del mundo de las nuevas tecnologí­as. Entonces, ¿no es esta la oportunidad precisa para llevar más allá a la simple problematización de la tradicional “brecha digital”?

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