Un Computador por Niño para reducir la brecha digital
En lo que se refiere a adopción de nuevas tecnologías el enfoque de los ministerios de educación y en gran medida de los educadores representa la lógica propia del mal estudiante: nivelar hacia abajo, apoyar a los más lentos. En otras palabras, ellos suponen que los niños (que aprenden mucho más rápido) deben esperar a que los profesores sean lo suficientemente competentes en el uso de las TICs (y además, capaces de integrarlas exitosamente al proceso educativo) para que todos puedan tener acceso a herramientas como el OLPC. Eso es igual que decirle a los mejores estudiantes del curso que deben esperar a que todos sepan la historia de Roma o a resolver ecuaciones antes de seguir avanzando.
¿Pero qué pasa si los expertos del Ministerio o los educadores se demoran 2, 3, 4, 5, 6 o más años en sentirse seguros y capaces para dar un salto que signifique que todos los niños tengan acceso a estas máquinas? O qué tal si asumimos la extraña idea de que los niños SIEMPRE serán más rápidos y efectivos para usar las TICs que los adultos y que por tanto hay que bajar el nivel de histeria sobre la manera como planear su incorporación al proceso educativo y simplemente comenzar por ayudar (Y NO ENTORPECER) a que los niños primero puedan tener acceso a estas tecnologías.
No quiero sonar catastrofista, pero mientras más pasa el tiempo y más me informo y reflexiono sobre el proyecto OLPC (no sólo como solución tecnológica sino que como la idea de que todos los niños tengan acceso a un laptop), más me estoy convenciendo de que los perdedores de esta lógica mediocre impuesta por las autoridades son los niños. Y no cualquier tipo de niños. Son los niños más pobres, los que estudian en las escuelas públicas que ya acarrean una larga lista de problemas.
Por otro lado, ¿Quienes son los que no pierden con las divagaciones eternas de las autoridades educativas? Los que no pierden son los hijos de la clase media y de las familias más acomodadas.
Para todos ellos hay acceso en sus casas o en las casas de sus familiares cercanos. Para ellos no hay restricciones ni debates en oscuras oficinas públicas, ni tampoco hay lamentos de educadores que vociferan que no se les capacita o que no se les apoya en el uso de las TICs. Esos niños tienen la posibilidad no sólo de hacer sus tareas y obligaciones escolares sino que de jugar, comunicarse con sus amigos y desarrollar múltiples “destrezas digitales” que los habilitan como ciudadanos de este siglo. Ellos disfrutan de lo que hemos llamado “pedagogía de la alegría” y que desde luego comprende algo que va más allá del simple proceso formal de aprendizaje.
Por tanto, el tema tiene que ver con comprender la real dimensión del tema de la equidad en relación a iniciativas como el OLPC. De hecho, el propio programa estrella del gobierno chileno en temas de introducción de tecnologías en la educación (Enlaces) ha apuntado los dardos en la dirección correcta:
“La escuela actúa como mecanismo compensatorio de las diferencias estructurales que existen en nuestra sociedad y que se reflejan en la brecha de acceso digital en los hogares. Sin embargo, los mayores índices de acceso en hogares (casi 100%) de estudiantes de colegios particulares pagados, redunda en mayores oportunidades de desarrollarse como usuarios avanzados de TIC.” (Encuesta “Educación en la Sociedad de la Informaciónâ€, Proyecto Enlaces, 2005)
Las cifras son elocuentes: “Mientras 3 de cada 4 personas de los hogares más ricos acceden a computador, sólo 1 de 4 personas de los hogares más pobres tiene posibilidades de acceso.” (Fuente: Encuesta Casen, 2003)
En otras palabras, aunque los educadores y los técnicos del ministerio de educación estén complicados o acongojados porque no saben muy bien como enfrentar sus propias carencias (incluyendo el desafío real de incorporar TICs en el curriculum), eso no es razón suficiente para cerrar las puertas a la reducción de la brecha digital y de la iniquidad que implica la continuidad de la situación actual
Seamos claros. Hay un imperativo ético que nos obliga como sociedad a evitar la perpetuación de iniquidades que pueden ser evitables. Los niños menos afortunados siempre tienen que esperar para que el Estado o la caridad les entregue algo que los demás niños ya tienen. En este caso, Chile podría asegurar el acceso a cientos de miles de computadores portátiles de bajo costo, por la sencilla razón de que tenemos el dinero. Tenemos tanto dinero (sobre 12 mil millones de dólares de reservas) como para comprar OLPC’s para todos los niños del continente. Pero no lo hacemos. Tampoco compramos los de la competencia (Intel) y en realidad sólo les decimos a los niños: Ok, sabemos que debe ser difícil aprender algo en un contexto de 30 estudiantes por computador, pero no se preocupen, porque para el bicentenario tendrán que compartir sólo 10 niños cada computadora. Ese anunció, realizado por el gobierno hace unos meses, nos parece mezquino, insuficiente y carente de una visión apropiada de futuro.
Contra este injusto estado de las cosas es que estamos luchando en la campaña Un Computador Por Niño

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